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El analizado cool | Marcelo Barros | Psicoanalista
CLÍNICA
I am mother: Una visión del estrago materno.

I am Mother (Sputore, 2019) es un thriller de ciencia ficción que nos presenta a una adolescente criada por una madre-robot. La humanidad se ha extinguido, y fuera del refugio hiper-tecnológico en el que la joven y el droide maternal conviven solas, el mundo ya no existe. Un banco de embriones promete la renovación de la especie humana, y la hija es entrenada para cumplir, en un futuro, la tarea de cuidadora de nuevos humanos. También para inculcarles la perfección moral según los cánones de la robótica madre. Así, hasta que llegue ese día, madre e hija solamente se tienen una a otra. “Estamos solas”, es el mensaje materno. Por eso el desencadenante del drama será la aparición de una mujer herida que viene del exterior. Ella pondrá en duda la narrativa materna, y además le revelará a la hija que la humanidad ha sido masacrada por droides iguales a la madre. La lucha de versiones entre el posesivo artificio y la intrusa divide a la hija. La joven descubre entonces que ella no es el primer y único embrión que la mamá ha desarrollado. Generó otros que no alcanzaron los estándares requeridos y a los que ella mató. Al saber que la imperturbable madre ha destruido a sus propios “hijos”, la muchacha decide huir junto a la mujer con la esperanza de que ella la lleve a donde están los demás humanos sobrevivientes. Cuando ambas llegan al lugar donde la mujer vive, la hija toma noticia de que ésta le ha mentido. No hay nadie más. “Estamos solas”, le confiesa. Ello provoca el enojo de la hija, que vuelve al hogar materno, comprobando además que la conciencia –por así llamarla- materna está presente en un ejército de droides mortales. Es la reina de las abejas y las hormigas. Sin incurrir en el spoiler, bastará saber que la madre lo controla todo, lo ha previsto todo, lo puede todo. Falta saber si lo logra todo. Como sea, ese “todo” es esencial a su deseo, lo cual debería servir para que muchos lacanianos no sostengan, como suelen hacerlo, una idea candorosa del  “no todo” femenino, para nada incompatible con el totalitarismo.

A propósito de esta película, se suele hacer la pregunta sobre si un robot puede actuar como una madre. Esa pregunta reprime otra, que es la que importa:  la de si una madre puede actuar como el robot de la película. Los psicoanalistas no somos los únicos que sabemos que sí. Hay hijos, y sobre todo hijas, que también lo saben. No es imposible que una máquina asista a las urgencias de la necesidad. Pero la función de la madre es la de su deseo, y la de un deseo que no sea anónimo, al decir de Lacan. Aquí el deseo de la madre-robot es tan anónimo como implacable. 

Es interesante que los personajes no tengan nombre. Ningún nombre se pronuncia a lo largo de la película. “Madre”, “Hija”, “Mujer herida”. Cada una ha sido “nombrada para” cumplir un rol que la define, y es el rol lo que las nombra, y no otra cosa. No sólo no existe la nominación, sino tampoco la pasión sexual. Y es por eso que no hay “mundo”. El “estamos solas” es fatal, y acaso no haya mejor fórmula del estrago materno. En su ilusoria fuga la hija pasa de un “estamos solas” a otro “estamos solas”. Es lo que sucede a las jóvenes que se entregan a un matrimonio salvador con un hombre que no es otra cosa que la continuación de la madre. Porque lo que separa verdaderamente no es un “ven conmigo”, sino el “hay un mundo allá afuera”.

La fantasía que identifica el gobierno de las mujeres con la perfección de la sociedad de los insectos tal vez no ha sido suficientemente analizada. Y esta no es la única película que vincula el orden de hierro de la sociedad de control con la feminización del mundo. En esta historia el deseo del aparato materno parece apuntar a generar una humanidad racional, de buena conducta y sin discordias. Hay en ello algo que nuestras supersticiones sobre lo femenino no nos permiten percibir. Tal vez Nietzsche fue el único que intuyó que la pasión era masculina y la inteligencia femenina. Y alguna vez, acaso por descuido, un psicoanalista sostuvo que “no hay seres del deber como las mujeres”.

Marcelo Barros | Psicoanalista