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Jeffrey Dahmer: el asesino del alma | Marcelo Barros | Psicoanalista
CLÍNICA
Jeffrey Dahmer
por Marcelo Barros

En 1991 era detenido Jeffrey Dahmer, conocido más tarde como "el carnicero de Milwaulkee". Fue hallado culpable de 17 homicidios, de canibalismo, de necrofilia, de abuso sexual, de descuartizamiento, de manipulación de cuerpos, de experimentación con personas vivas y muertas. El resumen de sus atrocidades se encontrará en la entrevista que mantuvo con Robert K. Ressler (Página 12, Radar, febrero de 2004). Omitimos aquí su historia y los pormenores de sus crímenes. Pese a sus enigmas, la perspectiva lacaniana orienta el diagnóstico hacia una psicosis suplementada por la vía de la perversión y del crimen. Pero lo que despierta nuestro mayor interés es una idea delirante que va cobrando forma a través de los asesinatos: el deseo de crear un zombi –así lo llama él- como un partenaire sobre el cual tener un control absoluto. La idea está muy por encima de los toscos y brutales medios para materializarla. En los últimos casos de una dilatada serie de víctimas Dahmer trepanó el cráneo del sujeto –siempre inerme- para verter ácido o agua hirviendo en la cavidad craneal. El resultado era siempre decepcionante porque terminaba con la muerte del desdichado. Se observará en la entrevista que el propósito de este asesino serial no es tanto el de quitar la vida a sus víctimas, como el de quitarles su condición de sujetos. La agresión se desencadenaba cuando el partenaire se disponía a marcharse. Puede pensarse eso como una mera evidencia lógica: si los dejaba ir, no podría matarlos. Pero también la partida del otro es la manifestación patente de su autonomía. Y es eso lo que Dahmer intentaba perseguir y aniquilar en el otro. Los desechos manipulables servían a su satisfacción sexual. Pero Dahmer buscaba también crear una suerte de muerto-vivo, o de marioneta viviente, aunque sin alma propia. Alguien sobre el cual tener un control absoluto, según sus propias palabras. Él se muestra como versión atroz del Dr. Frankenstein, a quien Mary Shelley llamó "el moderno Prometeo". La literatura freudiana lo identifica en el siniestro Coppelius, el "Arenero" que arranca los ojos (almas) de los niños y los transforma en muñecas manipulables a su antojo. Dahmer no es Schreber. Dahmer es el Dios de Schreber, que no entendía nada de los vivos y sólo sabía tratar con los muertos. La mitología filogenética expuesta por Freud en su Sinopsis de las neurosis de transferencia presenta al padre de la horda primitiva emasculando a los hijos y reduciéndolos a la condición de "peones manipulables". Freud vio en esa emasculación una metáfora de la extirpación de la fuente del deseo. Desde este ángulo vemos que la enorme tensión especular entre el victimario y la víctima se resuelve en la demostración de que la muñeca sin voluntad propia es el otro. Los crímenes son la puesta en acto de una teoría sexual delirante que va mucho más allá del fantasma del coito sádico. En este caso la relación sexual es algo que se mantiene con un desecho –un cadáver, o sus fragmentos-, y un desecho es un resto extinguido. Esa extinción de lo real del otro empieza a sus 16 años con prácticas de disección de animales y blanqueamiento de los huesos. Más tarde la perfeccionará en el asesinato, el descuartizamiento, la disolución en ácido y también la ingestión. A esa atroz manipulación subyace la retracción libidinal que convierte al partenaire en un "hombre hecho a la ligera".

Marcelo Barros | Psicoanalista