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Skyfall: la lógica del Fénix | Marcelo Barros | Psicoanalista
CLÍNICA
Skyfall: la lógica del Fénix
por Marcelo Barros

El último film del indestructible personaje de Ian Fleming celebra los cincuenta años de una fórmula del entertainment que sostiene su actualidad en el tránsito de un siglo a otro. James Bond no difiere en su carácter de otros arquetipos del héroe masculino que han dado lugar a sagas cinematográficas, pero ciertamente ninguno ha perdurado tanto. Un artículo de Umberto Eco expone con agudeza la estructura narrativa subyacente en todas las novelas de Fleming y que Hollywood ha reproducido en sus versiones fílmicas: Bond, el villano y la chica son tres elementos constantes que se combinan con diversa suerte hasta el inevitable triunfo del héroe sobre el malvado. Skyfall no deja de ser fiel a esa matriz, pero con motivo del medio siglo cumplido desenmascara esta vez al verdadero enemigo del héroe, a uno que no es el villano y que siempre ha estado velado en todas las demás aventuras. Ese enemigo es el tiempo. Y decir el tiempo es decir la realidad, la castración, el orden de las cosas. La historia la hacen los procesos, los sistemas, y no los individuos. Por esa razón el héroe no tiene lugar en un mundo regido por leyes, por un funcionalismo radical, y en el que el gran hombre o el héroe no tienen lugar. Así, Borges sostiene que el cine es el único ámbito en el que persevera el género épico, que habría declinado en la literatura junto con el paternalismo. Es un género predominantemente viril, en el que lo heroico y la hazaña son protagonistas. Pero ya en la épica misma es clásico que se plantee la declinación del héroe ante el paso del tiempo. En Skyfall por vez primera vemos al eterno cuarentón confrontado con la edad y el fantasma del retiro. Con la fuerza menguante y con las ventajas de quienes cuentan menos años. Con un lenguaje nuevo, el de la informática, que hace vanas las hazañas físicas. Con la propia historia, con el hecho de haber tenido padres además de infancia. En fin, con la perspectiva de ser una herramienta obsoleta, anacrónica (que va en contra del tiempo). Así, Bond aparece metaforizado en el viejo Aston Martin -resucitado por el guión como un homenaje a las primeras películas de la serie- que pelea su última batalla y es destruido por las fuerzas enemigas. También por el antiguo caserón de su niñez, que da nombre a la película y que sigue el mismo fatal destino. Como el sol, el héroe está obligado a declinar y a doblegarse ante el cambio, ante los imperativos del tiempo y su "fue".

Pero un momento de la película (a mi gusto el mejor) trae algo por completo inesperado en "una de James Bond": el recitado de un pasaje del Ulysses de Tennyson.

…y si bien
no tenemos ahora aquella fuerza que en los viejos tiempos
movía tierra y cielo, somos lo que somos:
corazones heroicos de parejo temple, debilitados
por el tiempo y el destino, más fuertes en voluntad
para esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse

Versos que hablan de la fuerza perdida, pero que también aluden a lo que permanece como fundamento de toda potencia: el deseo. Kafka dice que no se puede vivir sin la fe en algo indestructible en nosotros. Ese algo no es un significante, pero tiene un significante, y ese significante es el falo. En todas las culturas el pájaro es una metáfora del miembro viril, y el mito del Fénix nos habla de lo que reniega de la castración.

En esta aventura el villano es una suerte de doble de Bond, un "hermano" homosexual que presenta un perfil muy freudiano: movido por un odio desmesurado hacia la figura materna ("M", la jefa de Bond), no disimula para nada el recóndito erotismo hacia ella. Y si bien el héroe triunfa sobre el malvado, no logra evitar la muerte del personaje materno, que será sustituido al final por una figura masculina. A quienes no conozcan los orígenes de la serie pasará inadvertido el giro final de la película con la reintroducción de Moneypenny, la secretaria de M. El argumento nos lleva de la declinación de Bond a su renacimiento, a una vuelta al origen. A una sustitución de la madre por el padre. A la destrucción de la pareja madre-hijo. Al reciclamiento de los orígenes de la saga. Es la lógica del Fénix, el signo de una voluntad indestructible.

Marcelo Barros | Psicoanalista