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Mujeres y mal de ojo | Marcelo Barros | Psicoanalista
CLÍNICA
BORGES ILUSTRADOR DE LACAN: LA REPETICIÓN EN LA NOCHE DE LOS DONES
por Marcelo Barros

I El cuento “La noche de los dones” de Jorge Luis Borges (incluido en El libro de arena)

Primer relator, escenario primero

¿Quién es el relator del cuento? Alguien que nos habla en primera persona, y que podría ser -o no- Borges. En cualquier caso se trata de un sujeto que hace referencia a algo que escuchó siendo un muchacho que acompañaba a su padre, y que fue más testigo que partícipe de una conversación entre mayores. La acción tiene lugar en  “la antigua Confitería del Águila en Florida a la altura de Piedad” (hoy Bartolomé Mitre). Un debate de café en el que se discute la teoría de la reminiscencia platónica, la idea de que, en el fondo, aprender es recordar. De acuerdo con Platón todo conocimiento sería un reconocimiento, porque al aprender algo estaríamos recordando un arquetipo, una idea que el alma contempló antes de encarnarse en el nacimiento y que olvidó al entrar en este mundo de oscura materialidad.

Un hombre algo mayor, entonces, toma la palabra para introducir la cuestión de la primera vez. De hecho, el cuento en su totalidad está centrado en eso, en la primera vez. Nadie ignora que hablar de “la primera vez” es hablar de algo que concierne al goce y al deseo: el goce de una experiencia originaria y, a partir de ella, el deseo de recobrarla. Pero escuchemos lo que ese “señor de edad” dijo en aquella disquisición de café:

Nadie recuerda la primera vez que vio el amarillo o el negro o la primera vez que le tomó el gusto a una fruta, acaso porque era muy chico y no podía saber que inauguraba una serie muy larga.

Nos habla de una primera vez perdida, olvidada, y como tal excluida de una dilatada serie de veces que reiteran la experiencia original. Es la referencia a todas esas primeras veces que quedaron sepultadas en la amnesia. Pero cabe señalar que no solamente hemos olvidado esa primera vez, sino que la serie como tal también permanece ignorada: nadie se da cuenta de que al probar una fruta o ver el amarillo ésa sería la vez número mil –digamos- que lo hace. Esto significa que por lo general repetimos sin saber que repetimos, sin llevar la cuenta, sin que la serie se manifieste como tal. Como sea, ya podemos entrever en la larga serie posterior el esfuerzo de recuperar algo de la primera experiencia.

Por otra parte enseguida el hombre nos dice que “hay otras primeras veces que nadie olvida”. Claro. Hay primeras veces que dejan una marca muy señalada en la memoria. Y es de esto de lo que se va a hablar.

Segundo relator, segundo escenario

El hombre mayor inicia entonces el relato de lo que le sucedió una noche cuando tenía 13 años. Recordemos que en realidad el relator inicial es un joven que acompaña a su padre en una discusión de café en un tiempo muy posterior. Ahora cambia el relator y pasamos a otra época, a la noche del 30 de abril de 1874, y el escenario se traslada desde la Confitería del Águila a la pulpería La Estrella en Lobos, Provincia de Buenos Aires. El entonces jovencito que todavía no cumplía los trece, traba relación con un peón de campo bastante mayor, diestro y experimentado en cosas de hombres. Un sábado lo lleva a divertirse al pueblo. Sin saber muy bien de qué se trataba, nuestro relator accede. La Estrella era un lugar de juerga, de bebida, música, baile, además de prostíbulo. La narración tiene un clima iniciático, y no debemos olvidar que en esta sucesión de relatos que encajan unos dentro de otros, de lo que siempre se trata es de la iniciación, de la primera vez. Allí, nuestro joven repara en una de las mujeres, de larga trenza y ojos tristes a la que llaman la Cautiva. Como el peón que lo llevó al lugar advierte que el muchacho la está mirando, le pide a la mujer que vuelva a contar la historia del malón, para que se dé a conocer. Se entiende que es una historia que la mujer ha contado muchas veces.

Tercer relator, tercer escenario

Cada escena está dentro de la otra, y cada relato incluido en un relato anterior. Ahora es la Cautiva la que cuenta la historia de cómo siendo niña fue arrebatada por los indios que atacaron la estancia en la que ella vivía. Lo cuenta, se nos dice, como si estuviese sola, como si repitiese un guión muchas veces ensayado. No es casual que el relato de la primera vez, en boca de la mujer, tenga por motivo el rapto. La Cautiva narra la historia de su brutal encuentro con la muerte y el sexo. El malón extermina a todos los suyos y se la lleva consigo. El cuento sigue entonces así:

Hablaba la Cautiva como quien dice una oración, de memoria, pero yo oí en la calle los indios del desierto y los gritos. Un empellón y estaban en la sala y fue como si entraran a caballo, en las piezas de un sueño. Eran orilleros borrachos.

Quien irrumpe en el local es Juan Moreira con sus acompañantes. Esta confusión entre el relato de la cautiva de cómo el malón irrumpió en su vida y la irrupción del violento matrero es algo en lo que habremos de detenernos más adelante. Concluye con esto el monólogo de la mujer y retornamos al narrador anterior.

Vuelta al segundo relator, todavía en el segundo escenario

Prosigue la historia de nuestro jovencito  de 13 años que, recordemos, nos es contada cuando él ya es un hombre de edad que discurre sobre metafísica en la Confitería del Águila. Él se encuentra en La Estrella y por primera vez toma contacto con mujeres que se ofrecen en condición de objetos para el placer y también con una figura viril de fama temible y agresividad extrema. Un perro se acerca a Moreira y éste le parte la cabeza de un talerazo. Empiezan los gritos, la agitación. Asustado ante la violencia de la escena, nuestro muchacho huye hacia las piezas de arriba. Allí la Cautiva lo llama a su lado, tranquiliza sus temores, se desnuda, y lo inicia en la experiencia amorosa. Antes del alba, los disparos lo despiertan y entonces la Cautiva le señala una vía de escape. Una vez afuera es testigo de la agonía y muerte de Moreira en manos de la policía que había ido a arrestarlo. El sargento Chirino mata a Moreira y la escena es atroz. Moreira queda gimiendo y desangrándose y el muchacho se acordó del perro que había visto morir unas horas antes.  Buscó al peón, y volvieron a la estancia a caballo. Ya amaneciendo, el joven se sentía aturdido, como afiebrado.

-Por el gran río de esa noche- dijo mi padre (aquí hemos vuelto al relator inicial, el presunto Borges, que está con su padre escuchando al hombre que narra su historia en la mesa del Águila).

Regreso al primer escenario, y final

Estamos de vuelta, pues, con nuestros metafísicos del principio. El señor de edad, cuya referencia ocupa el centro del cuento concluye así:
En el término escaso de unas horas yo había conocido el amor y yo había mirado la muerte. A todos los hombres le son reveladas todas las cosas, o, por lo menos, todas aquellas cosas que a un hombre le es dado conocer, pero a mí, de la noche a la mañana, esas dos cosas esenciales me fueron reveladas. Los años pasan y son tantas las veces que he contado la historia que ya no sé si la recuerdo de veras o si sólo recuerdo las palabras con que la cuento. Tal vez lo mismo le pasó a la Cautiva con su malón. Ahora lo mismo da que fuera yo o que fuera otro el que vio matar a Moreira.

El subrayado es mío. Pasamos entonces, dejando de lado la consideración literaria del cuento, a lo que Borges nos enseña a los psicoanalistas.

II Discusión

El encuentro con lo real

¿De qué nos habla este cuento? De los dones. El don de la muerte y el don de la sexualidad, que son las dos vertientes de lo real. Lo real irrumpe. Irrumpe “de la noche a la mañana”, como la muerte de Moreira, como el amor con la Cautiva, como el malón, como los feroces orilleros, como la primera vez que se prueba la fruta que es, como se sabe, una de las metáforas del objeto del deseo. Si el relato está marcado por el tono iniciático es porque lo real en tanto tal siempre es nuevo, sorpresivo, inesperado, imprevisible, como todo lo que tiene el carácter de primera vez. Y esa ocurrencia primera se inscribe sobre un fondo de virginidad. Lo real es algo que encontramos, o que más bien nos sale al encuentro. No es algo que buscamos, no obedece dócilmente a nuestros requerimientos. No tiene mapa. Hay un nombre para esto y ese nombre es el de lo originario. Lo que es radicalmente nuevo y original tiene un carácter traumático, más allá de su carácter fasto o nefasto, feliz o desdichado. Nos mueve el piso, nos aturde, nos deja afiebrados, y ciertamente hace que ya no seamos los mismos.

La repetición y el discurso del amo

Pero en el cuento también encontramos la repetición. Es la repetición de los relatos. El relato de la Cautiva, el relato del hombre de la Confitería del Águila, son relatos repetidos al infinito. También en el cuento se alude a las representaciones teatrales de la muerte de Moreira (como las de los hermanos Podestá), que también son una forma de relato y de repetición. Se hizo morir a Moreira muchas veces en el escenario, en los circos, y también en las películas. Aquí cabe percatarse de que al hablar de una “primera vez” ya estamos ubicando lo original como la inauguración de una serie. Ya estamos numerando la experiencia original, y ese número es la muerte de su originalidad. Es la serie repetitiva la que hace que la experiencia originaria devenga primera vez, y es retroactivamente, a partir de las reproducciones posteriores, que lo que fue único devenga primero. Entonces, este cuento no solamente nos habla de la primera vez, sino que más precisamente nos habla de la pérdida del goce de la primera vez. Lo traumático (pero también lo insólito, lo nuevo, lo maravilloso) deja de ser traumático en la repetición. Es lo que Freud nos dice. Se repite para “domeñar” la experiencia, para atenuar su impacto inicial, para manipularla, para integrarla al sistema subjetivo, para hacerla entrar en el saber. Así se logra la degradación de su impacto inicial. La esencia de la repetición no reside tanto en que esa experiencia original pase al estatuto de marca, de significante, de cifra, sino en que esa cifra (S1) entre en una cadena con otras cifras (S2). Así el aparato intenta encerrar la originalidad de la experiencia en los corrales simbólicos de la memoria. Ya el cuento nos dice que la serie infinita de la repetición hace que perdamos la vivencia originaria,  y por eso nadie recuerda, por lo general, la primera vez que probó una fruta. Pero incluso –y es éste el remate- las primeras veces que son inolvidables empalidecen ante su reproducción infinita en el relato. Borges lo dice de un modo inmejorable: cada vez que el sujeto cuenta la experiencia se borra como sujeto viviente y real. Porque el goce de la experiencia no es lo reproducido, sino que lo que se reproduce son los significantes, las palabras con las que se relata. Las palabras que son la muerte de la Cosa, de lo real, de lo vivo que estaba en juego allí. Es por eso que la dominancia de la concatenación significante, de las palabras del relato, hace que ahora dé lo mismo que sea él –nuestro héroe- o cualquier otro quien vio morir a Moreira o quien amó esa noche a la Cautiva. Esto quiere decir que el sujeto del relato ya no es nadie, es la red de significantes, la concatenación impersonal, acéfala, del encadenamiento. Ya no es uno el que habla sino las palabras. Lo singular del sujeto se ha perdido en la cadena. Se ha borrado, y es eso lo que Lacan escribe como sujeto tachado. Tenemos ya tres términos de lo que él llamó el discurso del amo. Nos falta uno más.
El goce original de la experiencia se ha perdido, pero lo que el cuento no nos dice es que hay un goce en la repetición del relato. Porque recordemos que son esos relatos dichos una y otra vez, como una oración recitada de memoria. Hay ahí un goce pulsional, un plus de goce que resulta de volver a contar lo mismo una y otra vez. Sin embargo, esa magra recuperación tiene mucho de pérdida. Hay algo insatisfactorio, malogrado, en este goce que ciertamente no es el del acontecimiento en su origen. Y por eso llama a relanzar nuevamente el ciclo en una repetición infinita.

Platón y Kierkegaard. Repetición (automatón) y recuperación (tyché)

Aquí debemos volver al debate entre la reminiscencia platónica y la concepción que Kierkegaard tenía de la repetición. La referencia a Platón está en el cuento. En cierto modo esta perspectiva platónica es la del fracaso y la insatisfacción. Porque toda vez que uno recuerda, toda vez que incurrimos en la reminiscencia, lo que obtenemos es una reproducción pálida y atenuada de lo original. Cada vez que relato mi primera vez –que es lo mismo que recordarla- lo que obtengo son significantes, huellas del acontecimiento y no ya el acontecimiento como tal. Esta idea responde a la concepción de la repetición como automatón. Es la idea que siempre se tuvo de la transferencia como una rememoración actuada del pasado, como intento de reencontrar un objeto perdido, y en tal intento lo único que se encuentra es un sustituto decepcionante. Y cuanto más se repite el esfuerzo, más se profundiza la insatisfacción.    

A pesar de eso, Lacan nos enseñó que en la transferencia había algo más que repetición. Lo que Kierkegaard designa como “repetición” es algo que no tiene nada que ver con la reminiscencia platónica, ni con la repetición tal como la hemos abordado hasta ahora. No se trata del automatón. Se trata de lo que Lacan designa bajo el rubro de la tyché, de la fortuna. Kierkegaard en realidad lo llama con un término que deberíamos traducir como “recuperación”.  No vamos a desarrollar esta compleja cuestión aquí, sino que nos limitaremos a señalarla. Es el momento en que, dentro del relato de la Cautiva, cuando ella está narrando la invasión del malón, aparecen Moreira y sus orilleros “como si hubieran irrumpido en las pieza del sueño”. Apenas nos detenemos en la estructura de lo que sucede ahí. Lo más fácil es ver eso como un hecho de fortuna, como una coincidencia casi milagrosa: se habló de lo brutal, y lo brutal se hizo presente, el actor que representa su muerte en la escena teatral, de pronto muere, el número que uno dijo que iba a salir en la ruleta, sale efectivamente. Es como si la diferencia entre lo representado y lo que representa se anulara por un instante. La distinción entre el dicho y el hecho, entre la palabra y la cosa. ¿Qué es la recuperación de lo real, siendo que lo real como tal nunca se encuentra? ¿Cómo puedo recobrar algo sin que se vea degradado por su mera reproducción? Únicamente si ese algo tiene el color del origen. Porque el origen nunca es algo viejo. Nunca se trata de algo que está en el pasado. El origen, lo originario como tal, siempre es nuevo y no conoce otro tiempo que el ahora. Y es ese punto en el que el relato deja de ser un puro relato para incluir lo que sorprende –y angustia. Lo apreciamos cuando lo real irrumpe en la escena del sueño, en la escena del análisis, en las escenas de la vida. El suceso desencadenante, nos dice Freud, es algo exterior, accidental, y a la vez interior porque se conecta con algo originario de la escena infantil. En él se anudan el hoy y el ayer, el adentro y el afuera, la fantasía y lo real, el sujeto y el Otro. Sólo eso arranca al sujeto del “más de lo mismo” del orden de hierro de la repetición en la que nos adormecemos para encontrar un fugaz despertar.   

Marcelo Barros | Psicoanalista