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Abigail y el burlador de Indiana | Marcelo Barros | Psicoanalista
DE LA VIDA ERÓTICA
Abigail y el burlador de Indiana
por Marcelo Barros
Don Giovanni

Los diarios de esta mañana, 7 de diciembre de 2018, se ocupan del caso de una joven universitaria de Indiana, E.E.U.U. que compartió una velada en su cuarto del campus junto con su novio y dos amigos. Ella se fue a dormir. Durante la noche, uno de los amigos del novio se acostó junto a la muchacha en la penumbra e inició un juego sexual al que ella accedió pensando que se trataba de su pareja. La luz se hizo después de consumado el hecho. Acudió a las autoridades y denunció al susodicho por violación. Pero los tecnicismos jurídicos no avalaron esa calificación, a pesar de que el acusado admitió haber tenido relaciones sexuales sabiendo que la mujer lo tomaba por otro. El tribunal lo declaró “inocente” al entender que el engaño no sería lo mismo que una violación, y que la relación fue, digamos, “consentida”.

Este caso ilustra la “degeneración catastrófica” (Lacan) inherente a la sociedad de control, que es la primacía absoluta de la regla en detrimento de la Ley. El fallo judicial habrá sido conforme al derecho, pero está lejos de ser justo. Es interesante que el mismo progresismo que con toda razón se horroriza ante este episodio, sea a la vez promotor de la sociedad de control. El garantismo es un arma de doble filo. Protestamos ante el hecho de que este infame haya entrado el tribunal por una puerta para salir por la otra. Sin embargo, la queja de los ciudadanos que inclinados a la derecha piden “mano dura” no es siempre una expresión de racismo y odio de clase, sino un reclamo de justicia.

No sé cómo será el mundo cuando el patriarcado machista y heteronormativo se haya caído de una buena vez. Esa consigna del feminismo es paradójica, porque según Marx, Foucault, Weber, Bauman, Byung Chul-Han, Freud o Lacan, hace mucho que se cayó. Como sea, al menos para Tirso de Molina, a quien podemos suponer patriarcal, machista y heteronormativo, el muchacho en cuestión merecería la muerte y el infierno. Es el destino final del burlador de Sevilla, el para nada romántico Don Juan, quien hace lo mismo que hizo este joven universitario de Indiana. Parece que en 1630 tenían un poco más de criterio con respecto a la justicia, al menos en este punto.

Otra cosa, tal vez menos importante, me llama la atención. Y es que el diario feminista Página 12 nos entera del nombre de la chica (Abigail) y también del nombre del burlador (Grant). El novio –que evidentemente no sabe elegir a sus amigos- permanece en un borroso anonimato. Tal vez el autor de la nota considera que es más importante exponer al violador, pero no hace falta ser psicoanalista para intuir algo más que eso. Se hace notorio que la historia tiene dos protagonistas –la gozada y el gozador-, mientras que el tercero está pintado a tal punto que ni merece ser nombrado. En un sentido indirecto él también sería una víctima, pero eso no parece ser registrado. Acompañó a su novia a un centro asistencial y a los tribunales. Actuó con corrección. Pero me parece que no soy el único en percibir la falta de algo. Hasta una feminista como Malena Pichot escribió alguna vez que los varones podrían usar su “maldita testosterona” para salir en defensa de las mujeres ultrajadas. Ese reclamo bien podría ser tenido por machista, patriarcal y heteronormativo. De hecho, dos psicólogas con perspectiva de género escribieron en una oportunidad que las damas no necesitan ser defendidas por varones “heroicos”. Tal vez tengan razón. Como sea, no cabe duda de que en nuestra época progresista la testosterona está maldita. Eso vale tanto para Grant, como para el varón “deconstruido”.

Marcelo Barros | Psicoanalista