@barrosmarceloj Twitter facebook.com Facebook
WWW.MARCELOBARROS.COM.AR

Content on this page requires a newer version of Adobe Flash Player.

Get Adobe Flash player

La mujer y la madre en Tenemos que hablar de Kevin (2011) | Marcelo Barros | Psicoanalista
DE LA VIDA ERÓTICA
La mujer y la madre en Tenemos que hablar de Kevin (2011)
por Marcelo Barros

El cine ha dado a luz niños atroces desde The bad seed en 1956. We need to talk about Kevin, es un thriller psicológico cuyo verdadero protagonista no es ni el abominable Kevin ni su atormentada madre. Si toda la película gira en torno a la última, el centro de la historia es la relación trágica entre ambos. Eva (un nombre que no es cualquiera), queda infelizmente embarazada y trae al mundo con desazón a un niño que la torturará desde el primer hálito de vida. De la infancia a la adolescencia, Kevin ejercerá sobre su madre un sadismo exquisito y odioso. Eso pasa desapercibido por un padre fanático de la normalidad, la familia, el american dream. Pese a que él parece llevarse mejor con Kevin, en realidad es incapaz de verlo. ¿Cómo lo vería, si Kevin no solamente es él mismo una anomalía, sino un ataque a toda pretendida "normalidad"? Un segundo embarazo de Eva será mejor recibido por ella. La hermanita será la antítesis del varón y el semblante de la infancia inocente le irá como un guante. En plena adolescencia, sin novia ni amigos, Kevin concibe con prolijidad una masacre en su escuela secundaria. La perpetrará después de asesinar a su padre y a su hermana. Marcada ante el mundo por el estigma del maldito fruto de su vientre, Eva soportará el rencor inagotable de las otras madres mutiladas. Al desprecio de la comunidad se suma el de siempre, el de su hijo, que durante las visitas en la cárcel no le dirigirá ni la palabra ni la mirada. Ella tampoco, y ese espejo sugiere algo en común. La madre sostiene las visitas con la misma insensata obstinación que sostuvo desde el principio esa relación de pesadilla. Cumplidos dos años de la masacre, la insensibilidad mineral de Kevin parece vacilar un instante ante una madre que no lo ha soltado de la mano, pese a todo. ¿Diremos que a la larga el amor de la madre triunfa? ¿Diremos que el pobre angelito no tuvo infancia porque no fue deseado por su mamá? ¿Diremos, desde la imbecilidad progresista, que la culpa de todo la tuvo el arma de juguete que le regaló el papá?

Se nos hace pensar que Eva no ha deseado a ese niño. Pero si dejamos de lado las atrocidades de Kevin, que todo el tiempo roban la cámara, nos centraremos entonces en la posición subjetiva de Eva como mujer. Y tal vez, entonces, demos lugar a la hipótesis de que Kevin sí ha sido deseado por su madre, pero que ese deseo ha sido un deseo oscuro. Él y Eva tienen coinciden en algo y es que no pertenecen al mundo de las apariencias. Eva no destila ácido, pero para eso está su hijo. El cinismo y la ironía sin límites de Kevin no son percibidos por nadie más de la famila que Eva. Madre e hijo comparten un secreto que los une: la íntima convicción de que todo es una farsa. No por nada ella sostiene un estoicismo gélido que tampoco tiene límites. ¿Es casual contar con la interpretación de la increíble Tilda Swinton, una actriz que con abrumadora frecuencia ha encarnado a mujeres malvadas? Su belleza, que parece la de una brillante ecuación matemática, bordea algo tan real como un baño de sangre. Tiene la pasión de viajar, de irse. No encaja en la mediocridad del mundo. Es extranjera. Y el hijo que ha parido también es extranjero. El vínculo entre ambos se tiñe de una feminidad que desborda la regulación fálica y hace estallar el semblante de la relación madre-hijo. La película nos deja en la duda sobre lo que impulsó a Kevin hacia el crimen. Lo cierto es el resultado: logra ser lo único que su madre tiene en la vida. Elimina con flechas certeras a su hermana, y también a su padre que, dicho sea de paso, es el marido de su madre. El nombre de Eva y el suyo estarán ligados para siempre. Claramente se nos muestra que esa mujer no volverá a tener jamás ninguna otra pareja más que su hijo. Un hedor freudiano parece emanar de este amor trágico, para nada tierno ni maternal, como conviene a la tragedia edípica. Pero ya sabemos que estamos en el siglo XXI y que el Edipo no existe. Después de todo, Freud está muerto. ¿No?

Marcelo Barros | Psicoanalista