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Violencia de género | Marcelo Barros | Psicoanalista
DE LA VIDA ERÓTICA
The witch -La bruja- (2015)
por Marcelo Barros

"Aquelarre", Goya, 1798

Hay mujeres que, a falta de alguien o algo que cumpla con la función paterna, no hallan otro modo para liberarse de sus madres que consentir a que se las lleve el diablo. Si es un lugar común de los psicoanalistas pensar que los grandes ataques de histeria se hundieron en un pasado patriarcal, hay que tener en cuenta que existen ámbitos de la realidad social que no son frecuentados por ellos. El mundo es más grande que el barrio de Palermo. Y no es necesario trasladarse a continentes remotos para hallar personas que estarían poseídas por el demonio –o el Espíritu Santo-, que recurren a hechizos para recuperar al hombre, retenerlo, o robárselo a otra. También hay otras que apelan a esas magias con fines de agresión o de defensa. Son cosas que siempre han existido y que siguen existiendo.

Freud, en La interpretación de los sueños, llama a las fuerzas del Infierno ante la indiferencia del Cielo. Eran otros tiempos del psicoanálisis, en los que su fundador supo que no se puede llegar a la fórmula de la trimetilamina sin pasar por las oscuridades más repugnantes y aterradoras de lo femenino.

Traer a este lugar The Witch (Robert Eggers, 2015) no es para considerarla como una buena o mala película. Estimo que presenta una inusual dignidad dentro de un género que puede fácilmente segur la pendiente de lo grotesco. Su trama interesa al psicoanalista en tanto ofrece coyunturas dramáticas típicas. Porque existen las coyunturas dramáticas típicas. Y es por eso que no hay necesidad de repasar el argumento, sino aislar las variables de una estructura familiar en la que convergen diferentes posiciones subjetivas. El grupo se asienta en la frontera del bosque, presa del aislamiento social y del puritanismo opresivo del siglo XVII. Pero el escenario podría ser el de nuestros días, en el que, como siempre, hay familias que viven en un exilio endogámico a pesar de estar habitando una gran ciudad. Una hija es el centro de la historia. Ya mujer en plena floración, ha dejado la niñez no hace mucho tiempo, y anhela un ancho mundo más allá de la frustración familiar. El padre es ejemplo cabal de lo que Lacan comenta sobre la posición propiciatoria de la psicosis, la de una impostura que hace perder toda fe en la Ley. La figura de predicador solemne que detenta el progenitor amplifica el estrépito de su caída moral. Pero más que la impotencia y el fracaso del individuo es la no fe que transmite. La madre, que encarna la insatisfacción, odia sin mayor disimulo a esa hija que comienza a manifestar la capacidad de cautivar que acaso ella nunca tuvo.

El cuarteto no se completa sino con el Adversario que ha tomado la figura de un macho cabrío negro, y que de manera insidiosa y en silencio irá disputando al padre la autoridad y el amor de los hijos. Esa creciente influencia es la burla hacia la creencia occidental y cristiana en la superioridad del hombre sobre el animal. Una soberbia tanto más acentuada hoy, que nos concebimos como salvadores de las demás especies en nuestro poder de decidir su supervivencia o extinción. ¿Hay que recordar que el animal es la metáfora del padre en las fobias infantiles, como en el totemismo?

El oscuro será el Padre llamado por la hija para fijarle un destino que no sea el de su madre. En esta enumeración se echará de menos a la bruja que da el nombre a la película, pero en realidad no sabemos si ahí se nombra al personaje del bosque que desencadena la tragedia, o si se apunta hacia aquello que la hija llegará a ser.

No faltará el tema del infanticidio, infaltable en la consideración del aspecto más oscuro de lo femenino. ¿Qué otra cosa fue Medea sino una poderosa bruja? Desde una lectura errónea de la enseñanza de Lacan se estima que esta anti-maternidad –presente en toda mujer, madre o no- sería el índice de un desinterés por el falo, cuando más bien pone en juego un falocentrismo que, contra lo que se creería, no se ocupa ni del hombre ni del hijo. Porque la bruja sabe, íntimamente, que el "animal" que se encarna entre las piernas del varón es su aliado esencial y el fundamento de su poder.

 

Marcelo Barros | Psicoanalista