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El íntimo terrorismo | Marcelo Barros | Psicoanalista
LA ÉPOCA
El íntimo terrorismo
por Marcelo Barros
Unabomber

Estamos cada vez más cerca de percibir hoy que el terrorismo no es algo ajeno a la cultura post-patriarcal, sino que es un rasgo que forma parte de la misma. La discoteca, la estación de tren, la oficina, el restaurante, el hotel, el aeropuerto, el cine, la universidad, pueden ser, en cualquier lugar del mundo y en cualquier momento, objetivos del terrorismo. Querríamos tranquilizarnos pensando que se trata de algo que viene "de afuera" y "de lejos", desde una barbarie fundamentalista. Ese consuelo no carece de veracidad, pero comienza a desfallecer. Ha de notarse que el desarrollo tecnológico esencial al mundo desarrollado es lo que ha reducido precisamente la distancia entre el gran poder y el pequeño grupo rebelde. El atentado del 11 de septiembre mostró cuánto daño pueden hacer muy pocos, con muy poco. No hizo falta un vasto aparato bélico para hacer lo que Hitler no pudo: bombardear Nueva York. Los generales chinos Quiao Liang y Wang Xiangsui, adelantaron la idea de la "guerra irrestricta", una guerra sin marco, tal como conviene al extravío de los límites propio de la cultura actual, y el terrorismo obedece a esos principios en tanto con limitados recursos puede provocar estragos de modo imprevisible. A la vez, la guerra convencional se muestra ineficaz para ahogar el terrorismo creciente. Incluso si fuese posible arrasar a todo el mundo islámico, por ejemplo, o amurallar a los países desarrollados, no se conseguiría acabar con él.

Un fenómeno distinto, pero que no carece de relación con lo anterior, es la multiplicación de casos en que el ataque al cuerpo social no proviene de una organización, sino de un individuo solitario. Hace pocos días Omar Mateen provocó una masacre en una discoteca gay de Orlando, lo que constituye un golpe a lo que es un símbolo de la sociedad moderna y pluralista. El asesino no necesitó de una gran logística para provocar la masacre que impactó a los medios internacionales. Se piensa que al ser el acto de un loco solitario no se trata ya de terrorismo. Sin embargo, el proceder y sus efectos bien merecen esa nominación. Tomemos el caso de Theodore Kaczynski, conocido como "Unabomber", que envió 16 cartas-bomba a diversos objetivos entre 1978 y 1995. Actuó solo, sin grandes recursos, y sacudió a la sociedad norteamericana. Su caso es muy diferente del de Mateen, pero en ambos el modus operandi

Omar Mateen
resulta propio del terrorismo. Andreas Lubitz, que estrelló el avión de Germanwings en 2015, tampoco es calificado como "terrorista" porque estaba loco y actuaba solo. Pero su acto recordó de inmediato el ataque a las torres gemelas. Fue vaticinado en la ficción en un episodio de la película Relatos salvajes. Puede ser que los talibanes vengan de lejos, pero el invisible "Pasternak" condensa el retorno de lo que la sociedad post-patriarcal ha rechazado. Si falta el objetivo político, no falta el ataque feroz a los semblantes y al orden establecido, el rayo de una justicia trágica y atávica que creíamos haber dejado atrás para siempre. Tal vez el terrorismo es un fenómeno que requiere de una definición más amplia. Por lo pronto es, al igual que el suicidio –con el que a menudo coincide-, un fenómeno propio de la sociedad de control, de lo que Lacan llamó "orden de hierro". Es contra ese "orden de hierro" que se ha desatado una guerra, y esa guerra viene "desde adentro" por así decirlo, desde nerds inofensivos, o almas introvertidas que se revelan un día como corderos enardecidos.

Marcelo Barros | Psicoanalista