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La otra guerra (Lindholm 2015): Apuntes para un análisis de la moral progresista | Marcelo Barros | Psicoanalista
LA ÉPOCA
La otra guerra (Lindholm 2015): Apuntes para un análisis de la moral progresista
por Marcelo Barros

La otra guerra es el engañoso título que se dio en español al film dinamarqués de Tobías Lindholm. La versión anlosajona –A war (Una guerra)- no es menos tramposa. El título de esta historia es Guerra (Kriegen). Porque de eso se trata, de la guerra, no de la "otra", ni de una entre otras. Se nos quiere hacer creer que la narración tiene por objeto mostrar las amarguras sufridas por una madre de familia cuyo marido dirige una unidad militar danesa en Afganistán. Pero el tema real es lo que implica que la guerra se hace diciendo "esto no es una guerra", cuando se pretende que ella sea humanitaria, comprensiva, respetuosa, no viril, no violenta y ecológica. Así la concibe la hipocresía del sujeto civilizado, progresista y políticamente correcto.

Claus Pedersen, comanda su unidad militar en Afganistán para "salvar y proteger" a la población de la perversidad de los talibanes. Es la inverosímil respuesta que se da a la pregunta sobre qué hacen los daneses combatiendo en un lugar tan remoto. Nuestro héroe lo cree verdaderamente. Según su candor, ellos no son invasores, no son una amenaza para ese pueblo extraño, no sirven a ningún interés económico, no han ido a consolidar la hegemonía occidental ni a imponer sus propios valores culturales sobre los del Otro. Y hasta casi parece convencido de que no han ido a matar. Pedersen es un buen comandante que cuida bien a los hombres que están a su cargo. A los suyos. Intenta sinceramente hacer las cosas bien. Ha comido con entusiasmo toda la bull shit del progresismo europeo.

Pero las "luces" que inspiran a los humanitarios combatientes empiezan a oscurecerse cuando bromean satisfechos ante el cadáver del enemigo que mataron. Se oscurecen más todavía cuando una familia de afganos que los ayuda a riesgo de sus vidas suplica refugio en el cuartel y Pedersen se los niega porque el reglamento no se lo permite. La familia, que será masacrada, no puede gozar de los privilegios de los civilizados. La tragedia toma consistencia cuando Pedersen y sus tropa entran en combate y él, sin saberlo, ordena destruir una casa habitada por un grupo de inofensivos civiles, en su mayoría niños. Como consecuencia, el humanitario gobierno europeo lo somete a juicio.

El debate ético se encarna en dos mujeres que defienden posiciones opuestas. Por un lado, la fiscal que representa la corrección política de Occidente. Defensora de una legalidad que no conoce excepciones, ella exige a los soldados que combatan con guantes blancos y corazones puros, que sean, lobos vegetarianos. En la orilla opuesta, a la mujer de Pedersen no le preocupan los afganos sino su hogar. Sabe que los niños muertos no resucitarán por el hecho de que se prive del padre a los niños vivos. A diferencia de la fiscal, practica un amor verdadero, no universal, que no aspira a "civilizar" nada. Ambas mujeres representan la lucha entre la modernidad liberal y la tradición.

La historia es trágica porque la guerra lo es. Sobre todo si se hace en nombre de la "humanidad", que es, de todos los motivos, el peor. La moral progresista abomina de la violencia al punto de la forclusión. Esta aversión caracteriza, según Carl Schmitt, al pathos liberal propio de la cultura del mercado. La no-violencia del progresismo políticamente correcto no es la de Gandhi ni la de Martin Luther King. Es la de la humanitaria inyección letal.

Marcelo Barros | Psicoanalista