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Un impuro deseo, una tensión inevitable | Marcelo Barros | Psicoanalista
LA ÉPOCA
"Los Kirchner": una reflexión acerca del duelo por el padre
por Marcelo Barros
"Los Kirchner": una reflexión acerca del duelo por el padre

Un intercambio de rehenes muertos es poco frecuente en la historia. Así sucedió con los cuerpos de Eva Perón y del General Aramburu, éste último secuestrado (en condición de cadáver y por segunda vez) por la agrupación Montoneros, para reclamar a cambio la "liberación" de la difunta abanderada retenida por las FFAA. El protagonismo político de los restos mortuorios es un tópico reiterado en la historia argentina, del que los desaparecidos –privados de identidad más allá de la muerte- son el caso más notorio y masivo. Si la eficacia del nombre puede perdurar más allá del deceso, es extraño que los restos como tales sigan teniendo un peso político. Los de Mario Santucho persisten en la sombra, acaso porque las sepulturas pueden dan lugar a peregrinajes y manifestaciones. La sustracción de las manos del cuerpo del General Perón permanece en el misterio. Un mito ubica el féretro del Padre de la Patria en una inclinación de 33º, que indicaría su rango en la masonería. El que guarda los restos de Facundo Quiroga tendría también una posición poco ortodoxa, en obstinada vertical, como señal de su negativa a desfallecer. Juan Manuel de Rosas fue condenado a un exilio que se hizo extensivo a su cadáver, según rezaba la maldición del poeta José Mármol -Ni el polvo de tus huesos la América tendrá-. Esa osamenta maldita habría de ser indultada, finalmente, durante la presidencia de Carlos Menem, después de un dilatado debate que se prolongó durante décadas y que hubiese sido más adecuado para un proscripto viviente. El General Oribe se empeñó en perseguir por todo el norte argentino a un cadáver, el del General Lavalle. La escasa tropa del muerto se afanaba por llegar a Bolivia para evitar que la cabeza de su jefe fuera llevada a Buenos Aires.

La política nacional de hoy no tiene aristas tan violentas. Llama la atención, sin embargo, la encendida polarización de la opinión pública que parece el eco de seculares enfrentamientos. En este contexto me pareció curiosa la frecuente referencia de ciertos medios al gobierno de "los Kirchner". Ese plural no remite a los adeptos, sino al matrimonio Kirchner, lo cual no tendría nada de curioso salvo porque uno de ellos está muerto, y difícilmente puede gobernar. Un uso figurativo se entendería. Dado que muchos consideran al ex presidente Kirchner, para bien o para mal, como el padre del "modelo", no debe extrañar que se diga retóricamente que "él vive" como un modo de celebrar o lamentar la vigencia de su política.

Pero la curiosidad del fenómeno se impone desde el momento en que se habla de "los Kirchner" como si realmente el esposo muerto de CFK, no lo estuviese. Incluso los medios deslizaron la idea de que el cuerpo del difunto no se hallaba en el féretro exhibido ante al público y hasta se habló de que no había muerto. Es curioso que ese frenesí resucitador provenga sobre todo de la oposición. ¿Una estrategia de lucha no debería ser inversa? En lugar de dar consistencia a la figura del muerto, debería enfatizar su caducidad. Esa fue, por ejemplo, la maniobra que supo llevar a cabo el ex presidente Alfonsín en 1983 al señalar –sensatamente- que si el justicialismo pretendía ganar las elecciones con el General Perón, entonces sería incapaz de gobernar, porque un muerto no puede estar a la cabeza del ejecutivo.

Este tipo de cosas, en realidad, no son tomadas muy en serio ni por la oposición ni por el gobierno. Son manifestaciones residuales de nulo valor político. Pero son estos residuos, el chiste, el rumor, la leyenda, el mito, las injurias, incluso las mentiras, lo que interesa al psicoanalista. Lo primero que diríamos es que -renegación franca de la muerte aparte-, el protagonismo del muerto, de sus restos, es el signo de una resistencia a dejarlo partir, y es erróneo pensar que esa dilatación del duelo afectaría únicamente a los simpatizantes. El odio se apega mucho más que el amor al objeto. El amor puede admitir la separación, pero la pasión del odio no. La fijación al trauma y el efecto Zeigarnik muestran el apego a la mala forma, la persistencia de lo inconcluso, la adherencia infinita del sujeto a lo que lo traumatizó. La idealización o la demonización son efectos que revisten a posteriori la figura del personaje a quien se le atribuye ser el agente de la castración. Y hay castración toda vez que una acción política marca una profunda cesura que divide el tiempo vivencial de un pueblo entre un antes y un después. La valoración de ese corte ya es la asignación de una significación retroactiva. Se dirá entonces que la incidencia de X en la historia fue positiva o negativa, nos hizo mal o nos hizo bien. Cuando en la sociedad aparece una personalidad de excepción -que por ser de excepción no significa que sea excelsa-, alguien que impacta en el escenario marcando una diferencia, surge el problema de cómo arreglárselas con eso. Hay que notar que este problema se presenta sobre todo con las destacadas excepciones masculinas, aunque las femeninas no falten y no se queden atrás a la hora de suscitar amores y odios. Si la excepción viril tiene una incidencia más traumática, si "pega" más fuerte, es por la incidencia del falo en la escena, como sostiene Freud cuando dice que los abusos inferidos por un hombre –cualquiera sea el sexo de la víctima- suelen generar más vergüenza y ocultamiento que los sufridos por una mujer. Ese carácter traumático del padre incluye a los grandes maestros de las artes y de las ciencias. Son algo difícil de tragar y de digerir. Es esto lo que Freud nos enseña sobre el padre y su imposible incorporación. Bueno o malo, algo de ese cuerpo queda atragantado, como un cuerpo extraño, e insiste en la repetición.

Ha de notarse que no toda figura nefasta suscita esta dimensión fecunda, por así decirlo, de odio. El último régimen militar desplegó un terrorismo de estado sin precedentes en la historia de La Argentina. Algunos de los integrantes de las juntas militares han muerto ya. No hubo celebraciones en la calle, ni vivas al cáncer, al infarto u otra entidad mórbida. Tampoco hubo grandes manifestaciones de condolencias, pese a que la derecha no es precisamente una minoría en este país. Independientemente de su responsabilidad criminal, ningún integrante de la junta tuvo un carisma, un relieve generador de pasiones. A pesar de tantas heridas inferidas a la sociedad, dudo que la figura del Sr. Videla suscite bocinazos de festejo en la calle cuando muera. El tiempo lo dirá. Estimo que más de un historiador acordaría conmigo en que la palabra "dictador" le queda grande a todos los integrantes de esa banda kafkiana, más bien grises administradores de la muerte y de la miseria. No basta tener poder y estragar a una sociedad para ocupar un lugar de autoridad, para haber establecido una relación erótica, ya de amor o de odio. El padre, el líder, sea que inspire una cosa u otra, es una instancia que siempre tiene un carácter libidinal.

Marcelo Barros | Psicoanalista