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Psicoanálisis y política (III): Una referencia de Montaigne y el espíritu de las luces | Marcelo Barros | Psicoanalista
LA ÉPOCA
Psicoanálisis y política (III): Una referencia de Montaigne y el espíritu de las luces
por Marcelo Barros

En su conferencia de Madrid (13-5-2017) J.-A. Miller advierte que en un pasaje de los Ensayos Montaigne anticipaba el espíritu de Las Luces. Al final del tercer tomo, en el ensayo que se titula "La experiencia", Montaigne nos dice que por más que alguien esté sentado en el trono más elevado del mundo, de todas maneras se apoya siempre sobre su trasero. Así, para quienes por su alta investidura son tomados –o se toman a sí mismos- como superiores, su cuerpo marca un límite a las infatuaciones se su narcisismo. Es un principio que rige para todos. El trasero -aquí metonimia de las demás partes del cuerpo- es la señal de una condición común que ningún poder, prestigio o gloria consiguen borrar. Ciertamente la historia nos muestra que no hubo que esperar a la Revelación Francesa para saber que somos carne, y que compartimos un parejo destino de ceniza. El esclavo que sostenía la corona de laureles del general romano victorioso le susurraba al oído que aquella pompa no lo eximía de las miserias del barro de que estamos hechos, y los profetas del Antiguo Testamento amenazaban las vanidades de los poderes terrenales. Una verdad que fue siempre el centro de la experiencia religiosa, aunque haya sido ferozmente negada por las iglesias y sus pretenciosas jerarquías. Aunque J.-A. Miller tiene razón al decir que ya en tiempos de Montaigne, algunos anticipaban el espíritu de la Ilustración al entender que la autoridad del Estado no era de origen divino, sino humano, demasiado humano. Esa fue la doctrina, por ejemplo, de Francisco Suárez, teólogo jesuita cuyas ideas influyeron en la emancipación de Latinoamérica. Pero no cabe dudar de que la Ilustración llevase al centro de la vida política de las naciones, por vez primera, el carácter profano y humano de toda autoridad.

Hay más de una manera, sin embargo, de entender el espíritu de la Aufkärung. Por lo pronto, la frase de Montaigne citada por J.-A. Miller no está completa. Inmediatamente antes de la referencia al trasero y el trono, en el mismo párrafo y como parte de la misma reflexión, el autor de los Ensayos dice que por más que nos paremos sobre zancos, de todos modos estamos apoyados sobre nuestros pies. ¿Y qué con eso? ¿Acaso modifica en algo la cuestión? Tengo para mí que el agregado es importante. El trono es un semblante del poder patriarcal, que es lo que la Ilustración dejó atrás. Los zancos, en cambio, son un artificio técnico, una prótesis, acaso muy rudimentaria, pero que resume todas las invenciones de la ciencia que, según Freud, hacen que el hombre moderno se crea un dios. Es Freud quien dice en El malestar en la cultura, que la extensión protética del yo hace que el sujeto de la modernidad se piense como un dios. Lo llama "dios-prótesis". Advierte, sin embargo, que este dios-prótesis, hijo de la Diosa Razón, no está para nada feliz a pesar de las libertades conquistadas y de la poderosa amplificación de su poder. Porque el sujeto de las luces (ahora con minúscula) no parece ser menos narcisista que el de la tradición patriarcal. Y lo cierto es que es mucho más narcisista, porque su "mayoría de edad" no implica solamente la emancipación respecto del poder paterno, sino también de lo que Freud llama las servidumbres del yo: la muerte y la sexualidad. Es decir, lo real. Si la referencia de Montaigne al trono está dirigida hacia las vanidades de la tradición patriarcal, la parte de los zancos es una advertencia que apunta a las vanidades de la modernidad. Porque es el sujeto moderno quien ha llegado más lejos, hasta ahora, en la pretensión nominalista de liberarse de las ataduras de lo real del cuerpo, en la virtualización y la evaporación de toda roca que se interponga en la insensata expansión del yo.

Marcelo Barros | Psicoanalista