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Transparencia de la norma y opacidad de la ley | Marcelo Barros | Psicoanalista
LA ÉPOCA
Transparencia de la norma y opacidad de la ley
Texto presentado en el ENAPOL 2015, San Pablo.
por Marcelo Barros

La casa del joven paciente tenía puertas de vidrio que cifraban la exigencia de transparencia de sus padres. No había lugar allí para la dimensión del secreto, para eso que halla su significante en el falo, tan bien descripto en el relato de Borges La secta del fénix. La arquitectura atroz de la casa paterna aspiraba a una visibilidad dominadora y vigilante que emulaba al Panóptico de Bentham. No ha de extrañar que el paciente padeciera un delirio de observación.

Si la privacidad es un derecho, la opacidad del síntoma es un límite real que se articula a la indecencia de la mancha fálica donde fracasan las claridades del sentido [1]. La sociedad de control aspira a su rechazo al sostener un imperativo de transparencia que querría incluir el goce en la dimensión del reconocimiento. Por eso la incitación pornográfica le es funcional. Ella degrada la potencia simbólica del falo como lo que no puede darse a ver, y se opone –contra lo que se cree- al deseo perverso que es aquél que no se atreve a decir su nombre [2]. Si el efecto más notorio de nuestro "orden de hierro" es la degradación del deseo [3] es porque la declinación de la función paterna la revela como límite a toda pretensión de omnipotencia, aunque se la confunda obstinadamente todavía con las especies del patriarcalismo [4]. Es donde la potencia declina, que se impone la pretensión de una omnipotencia que siempre se ejerce como omnividencia, y que se actualiza en las redes del control normativo que rechazan la opacidad inherente a la Ley [5].

El imperio de las imágenes nos lleva más allá de lo imaginario. El significante "imperio" denota la aspiración de universalidad inherente a lo simbólico [6]. Nuestra moderna cosmovisión se asienta en la idea, inmanente a lo político, de que el saber puede constituir una totalidad en la que nada escape a la interconexión y al registro de las pantallas que nos miran [7]. El afán totalizador que animó a todos los imperios alcanza hoy una eficacia inédita en tanto logra prescindir del Nombre del Padre. La máquina panóptica anticipa la sociedad de control y la lógica de un poder que se acrecienta por la destitución de las instancias de autoridad. Instancias que no se vinculan con la jerarquía sino con el acto, con la opacidad de una decisión que tiene valor de acontecimiento. Incluye el equívoco que puede ocurrir en cualquier punto de la red del poder, o más bien, fuera de ella, dado que no hay autoridad sin extimidad. Si el panóptico postula una vigilancia sin vigilante, una maquinaria sin titular [8], el acto –fallido o no- es una mancha disfuncional en la pantalla del poder. Se tiene derecho a todo, pero nadie puede autorizarse a nada. El frenesí normativo se ejerce a expensas de la Ley, y por eso los dispositivos de control proliferan allí donde la función paterna desfallece [9]. A diferencia de la norma, la Ley es capaz de no ver, de hacer excepciones, de dejar pasar. La Ley falla. Sus arbitrios conllevan, por mínima que sea, una opacidad impenetrable. Y es a lo impenetrable de la Ley que se opone la claridad de la regla que quisiera penetrar en todas partes [10]. El poder post-paterno, encarnado en la profusión de normas, controles, evaluaciones, y demás escaneos aplicados desde la vida intrauterina, muestra la paradoja que subyace a Las Luces. Foucault lo advierte al señalar que la máquina de Bentham es el complemento del ideal de transparencia tan caro a Rousseau y a la Ilustración. A la razón sin obstáculos, al cuerpo sin velos, a la conciencia transparente a sí misma, subyace el designio de control omnividente. Esa voluntad de transparencia no es ajena a las raíces puritanas del capitalismo destacadas por Max Weber, que supo ver en el calvinismo el antecedente de un poder capaz de controlar la vida de manera exhaustiva [11]. Puritanismo prolongado hoy en el discurso de la corrección política, el imperativo higienista y la hipervigilancia del orden de hierro.

NOTAS

  1. Lacan, J., El Seminario, Libro 20, Paidós, Bs. As., 1981, p. 97.
  2. Lacan, J., El Seminario, Libro 1, Paidós, Bs. As., 1983, p. 322.
  3. Lacan, J., El Seminario, Libro 21, clase del 19 de marzo de 1974, inédito.
  4. Lacan, J., El Seminario, Libro 18, Paidós, Bs. As., 2009, p. 160.
  5. Lacan, J., El Seminario, Libro 10, Paidós, Bs. As., p. 331.
  6. Lacan, J., El Seminario, Libro 2, Paidós, Bs. As., p. 50-51
  7. Lacan, J., El Seminario, Libro 17, Paidós, Bs. As. 2006, p. 31.
  8. Foucault, M., El ojo del poder, Ediciones de La Piqueta, Madrid, 1989, p. 19.
  9. Foucault, M., Historia de la sexualidad, siglo XXI, México, 1987, t1, cap. V.
  10. Barros, M., Intervención sobre el Nombre del Padre, Grama, Bs. As. 2014, p. 70.
  11. Weber, M., La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Colofón, México, 1996, p. 152/3.
Marcelo Barros | Psicoanalista