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Pesar la herencia | Marcelo Barros | Psicoanalista
LA ÉPOCA
EL INTELECTUAL PROGRESISTA, EL FEMINISMO, Y LO FEMENINO
por Marcelo Barros

¿Es el feminismo una ideología? ¿O es un conjunto de prácticas que tienen lugar para reparar una injusticia basada en la diferencia sexual, y que pueden ser ejercidas desde diferentes posiciones? ¿Implica el feminismo, por ejemplo, ser necesariamente “de izquierda”? ¿Implica de modo esencial el ateísmo? ¿Es incompatible con las religiones monoteístas que hacen del padre, Dios? ¿Es inhallable en grupos conservadores, o que apoyen la democracia liberal y la economía de libre mercado? ¿Supone la solidaridad de género como necesaria, siendo que hoy muchas funciones de poder son ejercidas por mujeres de sectores políticos enfrentados? ¿Implica la prevalencia de la ideología y de la identidad grupal por sobre la persona? No dejaría de tener razón quien se incline hacia la definición ideológica del feminismo, si argumenta que la lucha de una mujer o de varias, no asume un estatuto feminista mientras no cuestione al patriarcado como sistema, y más allá de la conquista de un derecho concreto que responda al interés personal o de clase.

Más que por el feminismo –ideológico o no-, los psicoanalistas se interesan por lo femenino. Supongamos que eso existe. No es difícil hallar cierta tendencia entre los psicoanalistas, sobre todo hombres, a pensar lo femenino como espontáneamente contestatario, subversivo y “herético”. Cabe preguntar si no ser contestatario, ni ninguna de esas cosas, supone de manera forzosa el ser lo opuesto: sumiso, conformista, ortodoxo. En todo caso, pareciera que los intelectuales varones progresistas quieren soñar a la mujer desafiante respecto del padre y de los poderes establecidos. La imaginan revolucionaria y siempre del lado de “los buenos”. Decir esto no es irónico, sino que es repetir lo que la tradición anarquista sostuvo desde siempre. Siendo el grupo “oprimido” por excelencia, se espera su potencial rebelión ante el abuso de poder, y el poder del abuso. 

Hoy se dice que hay muchos feminismos, pero no es verdad. Tras la declamada pluralidad se deja ver la hegemonía del dogma y el monolitismo de la ideología. Para Hannah Arendt, una ideología es “la lógica de una idea”. Se aplica la idea a la historia, y a partir de ahí a todo lo demás, a lo público y a lo privado. Llamo feminismo hegemónico al que aspiraría a una reformulación, en términos feministas, de la historia, de la política, del arte, de las costumbres, de la ciencia, de la física, de la filosofía, de la astronomía, de la educación, del derecho, del deporte, de la literatura, de la psicología, del ajedrez, de la matemática, de la lógica, de la familia, del amor, y también del lenguaje. La idea pone al hombre blanco heterosexual en el lugar del amo, en el centro de un sistema de dominación patriarcal. La mujer ocupa el lugar del esclavo, junto a las minorías y a las mayorías “minorizadas”. La violación es la operación nuclear del sistema. Esta ideología pone en la cuenta del “patriarcado” al capitalismo, el nazismo, el estalinismo, el fascismo, la monarquía absoluta, el feudalismo, la dictadura, la tiranía, la oligarquía y cualquier forma de dominación, sin considerar sus diferencias, y sin tener en cuenta siquiera si el capitalismo introdujo un nuevo paradigma del poder.

El esquema victimario-víctima se aplica a la lectura de todos los aspectos de la vida. Se establece un continuum de violencia que va desde el chiste obsceno y el consumo de pornografía, hasta el femicidio y la violación. Así se es cómplice “objetivo” de un vasto sistema de violación, como en el estalinismo se era un enemigo “objetivo” de la revolución. Esto no sólo lleva a una restricción fuerte de la libertad de expresión, sino también al esfuerzo por controlar el lenguaje. También a la regulación restrictiva de la sexualidad y los intercambios personales. Se aspira a construir una nueva humanidad, libre del ilusorio binarismo sexual. Este puritanismo vigilante a veces implica el rechazo de la heterosexualidad, o la advertencia de que ésta es inconveniente para las mujeres. Andrea Dworkin, Catherine MacKinnon o Marta Dillon pueden ser representantes de esta tendencia.   

Muy otro sería el caso del feminismo entendido como una praxis que no necesariamente implica esta perspectiva de una revolución unilateralmente direccionada. “Feminismo” es un significante que no representa a muchas mujeres que saben defender sus derechos. Pero eso puede suceder dentro de una iglesia, de un partido político de derecha o de izquierda, del mercado laboral, de un sindicato, de una empresa, de medios artísticos o académicos. El movimiento sufragista de EEUU logró el derecho al voto para las mujeres en 1920 tras un activismo tenaz y valiente. Gran parte de esas militantes provenían de grupos religiosos. No creo que pueda decirse que todas las mujeres que han luchado y luchan por los derechos femeninos sean feministas en un sentido ideológico. Dentro de las democracias liberales la derecha ya cuenta con una tradición de mujeres que han ejercido fuertes –y decisivos- liderazgos en todos los campos y diversas partes del mundo. Hay que agregar que no siempre quienes se dicen feministas pretenden la des-construcción del varón, ni la de la mujer. Virginie Despentes dice que su propósito es que los hombres no la obliguen a hacer lo que ella no quiere hacer, y no le impidan hacer lo que ella quiere hacer. No pretende tanto que ellos cambien, como que dejen vivir a las mujeres como a ellas les venga en gana. Además, es importante que Despentes no odie ni desprecie las cualidades viriles, sino que las reivindica, las exalta, y las ve como algo de lo que las mujeres deberían apropiarse.  

El progresista suele omitir sistemáticamente el papel determinante del capitalismo en la emancipación femenina. Ningún pensador serio, sin embargo, lo pone en duda. Ni siquiera una feminista bolchevique como Alexandra Kollontai, que reconoció en el capitalismo la condición previa de la liberación de las mujeres que, por supuesto, el socialismo habría de completar. Pero lo cierto es que cabe preguntarse hasta dónde el enorme cambio cultural que implica la incorporación de las mujeres al mercado laboral puede separarse del desarrollo de la sociedad capitalista, la cual es, pese a lo que las feministas digan, lo que ha determinado la declinación del patriarcado más que ninguna otra cosa.

Lo femenino, si es que existe, y sea lo que sea, no es lo mismo que el feminismo. Sobre todo, no parece ser algo que se deje encerrar dócilmente en un corralito conceptual o ideológico. ¿La feminidad es de “izquierda”? ¿Se alza siempre contra los poderes establecidos? ¿Es “revolucionaria”? ¿Es anti-patriarcal? No creo que la enseñanza de Lacan, como la de Freud, avale esa facilidad. Resulta un tanto patético que los hombres progresistas crean que eso, “lo femenino”, habrá de ser obediente a sus ensoñaciones. Porque es propio de ellos, de los varones, el “hacerse ideas” sobre las mujeres. Y esto sucede con psicoanalistas lacanianos que pueden estar a la izquierda o a la derecha del espectro político. Creen que lo femenino se rebelará contra los poderes de la derecha, o que, por el contrario, se alzará contra la prevalencia de la identidad grupal que los “populismos” propondrían. Unos y otros piensan que tienen la feminidad en un puño, y que ella se quedará donde la esperan. ¿Y dónde la esperan? En ese punto en el que ellos, los varones, desde su complejo paterno, se alzan contra el padre. Creen que las mujeres estarán de su lado, olvidando que ellas “se mueven en el Edipo como pez en el agua”. No les vendría mal leer el relato La sierva ajena de Adolfo Bioy Casares. 

Marcelo Barros | Psicoanalista