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Violencia de género: el huevo de la serpiente | Marcelo Barros | Psicoanalista
LA ÉPOCA
Joker (Phillips, 2019): El chiste y su relación con la violencia
por Marcelo Barros
Joaquin Phoenix

Es un chiste que muchos no entenderán. ¿Qué tenés si cruzás un psicótico desesperado con una sociedad que lo abandona?... No voy a incurrir en el spoiler que implicaría decir cuál es el remate de este witz. El remate es fundamental en el chiste, lo cual debería abrirle los ojos a los psicoanalistas para mostrarles la presencia del azote fálico en el chiste, y su relación con la violencia. Hoy se nos dice que si duele no es amor. Puede ser. Pero si no golpea, si no sacude el cuerpo, si no lo convulsiona, con seguridad no hay chiste. En cualquier caso, el bien decir del chiste es enemigo mortal de los parlamentos dilatados, y resume de un solo golpe el argumento de la película.

El personaje en el que se introduce el cuerpo de Joaquin Phoenix casi no guarda relación con el Guasón del comic. Aquí las comparaciones están fuera de lugar, porque Joker (Phillips, 2019) nos regresa a las oscuros y reprimidos orígenes de la caricatura. Como muchos saben, los primeros diseñadores del Joker de la tira cómica se inspiraron en la caracterización que hizo el actor Conrad Veidt de Gwynplaine, en la película El hombre que ríe (Leni, 1928), basada en la novela de Victor Hugo. En ambos filmes nos hallamos ante un alma desgarrada por el infierno de los otros. La crueldad de esa madre indiferente que es Ciudad Gótica se derrama en la creciente basura que se acumula con la otra, la basura humana de las vidas superfluas. Y es en este punto que se asoma el mensaje subversivo de la película: el hijo de un millonario jamás podría ser un paladín del pueblo. Como Jesucristo, de quien se dijo que jamás rió, este hombre que no fue feliz ni un solo minuto de su vida que es Joker, nos recuerda que es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja antes que un rico pueda entrar en el Reino. Acaso la comparación sea sacrílega, pero lo cierto es que la película nos muestra una pasión, una muerte –que es una transformación-, y una resurrección feroz.

El imperativo del capitalismo es el de ser felices. Debemos sonreír todo el tiempo. Somos los payasos vejados, humillados, sodomizados por el bullying financiero. Y de pronto aparece Uno. Es uno solo, solitario, solo entre los vencidos, solo entre todos, solo como la víctima del sacrificio, solo como esas personas maltratadas y escarnecidas en las que, para Freud, se basa la figura del padre. Él no negocia con la política, ni siquiera la de la izquierda. No es progresista. No es políticamente correcto. No pueden hacerse pactos con él. No busca transformar el mundo, sino a sí mismo. Él, que ha hecho reír a tantos con sus humillaciones y fracasos, encuentra por fin el tiempo de reír. De reír al final. Es en esta película donde vemos cuán íntima es la relación entre la risa y la venganza.

Conrad Veidt

Ya otros señalaron el carácter masculino, políticamente incorrecto, subversivo, de una película que puede ser puesta en continuidad con The fight club (1999) y Once upon a time in Hollywood (2019). Es ese rasgo viril lo que ha inquietado a algunos que se alzan contra el film. Porque llama al íntimo deseo de venganza, al goce que siente el espectador cuando se fractura el cráneo del malvado hasta partirlo en dos. “¿No quedan más rayos en el cielo?” pregunta Otelo en la ópera de Verdi antes de matar al perverso. Es el tiempo en que el mundo espera un rayo, y a veces los rayos no vienen con el héroe sino con el monstruo.

No me demora mucho la facilidad psicoanalítica de atender a la relación del sujeto con su madre, cuyo deseo lo nombró para que haga reír a los otros. Tampoco concedo mucho a la frustrante búsqueda de un padre amoroso que jamás apareció. Si bien bastaría el derrumbe subjetivo del personaje para mostrar que la función del padre no es tan superflua como el progresismo decreta, esto no es lo importante. Porque el padre no está en el acaudalado cuyos millones no sirven de nada en la hora de las armas. Tampoco en el exitoso conductor de TV, cuya fama es, también, soplar de viento como dice el Eclesiastés. Él mismo, el Joker, se transforma en aquello que buscaba. Se convierte en El Cuco, o también en Coppelius. Es el payaso siniestro. ¿Y qué mejor representación del padre moderno que la del payaso? Joker encuentra al fin cómo darle otro sentido a esa risa que fue siempre para él una maldición. Vino a despertar a los ricos de su sueño de invulnerabilidad, y a mostrarle a los payasos escarnecidos que si la violencia no es la solución, al menos nos arranca una sonrisa.

Marcelo Barros | Psicoanalista