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Pesar la herencia | Marcelo Barros | Psicoanalista
LA ÉPOCA
Pesar la herencia
por Marcelo Barros
Juan B. Alberdi

Lo que heredaste de tus padres, aprópiatelo, para que sea tuyo.

J. W. Goethe

En los debates políticos que agitan a la sociedad argentina se apela desde hace un tiempo a la expresión “pesada herencia”. Designación que está unida a otra, igualmente reciente, que es la de “la grieta”. Muchos consideran que el malestar que nos aqueja a todos y a todas se debe a una confrontación entre partidos políticos, y cada uno, según sus inclinaciones, piensan que la “pesada herencia” consiste en los errores y corrupciones del gobierno anterior, sea cual sea. Ingenuidad perfeccionada en el hecho de que se hable de políticos y no de política.

Los más advertidos, de ambos lados la “grieta”, saben que la “pesada herencia” no es la de un gobierno. Saben que no se trata de candidatos. Saben que “la grieta” no data de ayer y que tiene dilatados antecedentes históricos. Saben que la cuestión no se limita a contiendas electorales. Saben que se trata de un conflicto entre dos modelos diferentes de país. La “grieta” es el nombre de un antagonismo entre dos narrativas. Esos relatos, los del frente nacional y el frente liberal, presentan visiones encontradas sobre nuestro pasado y sobre el modo de entender el futuro al que se aspiraría. No es verdad que todos y todas queremos lo mismo. Ni siquiera hay un acuerdo en cuanto a lo que no queremos, lo que se hace evidente a la hora de sopesar lo que significó la última dictadura militar.

Desde el frente liberal se concibe que la pesada herencia es la de lo que despectivamente se nombra como “populismo”. Ahí se cifran la corrupción, la demagogia, el aislamiento comercial y financiero, el clientelismo político y un desaliento de la iniciativa individual favorecido por el asistencialismo irresponsable y dispendioso. Los entusiastas de esta perspectiva se piensan como los defensores de la democracia, la república, y, en resumen, la civilización. Lo demás es barbarie. Sueñan con una Argentina sin “populismo”.Es la ilusión, siempre renovada, de una refundación, de un cambio cultural que cumpla con el proyecto de la Argentina “civilizada, europea y blanca”.

Del otro lado de “la grieta” el frente nacional entiende que la “pesada herencia” es la de los muchos años de colonización pedagógica, la del complejo de lacayo que anima al liberal y al “tilingo”, quienes sostienen la obstinada pretensión de ser europeos y reniegan del “destino sudamericano”. La “pesada herencia” es la del racismo y el desprecio de sí que anida en el corazón de una buena parte de los argentinos.

Narrativas diferentes promueven éticas diferentes. Para el liberal la corrupción reside en la malversación de fondos públicos pro domo sua, y no tanto en la abolición de la Constitución. Ha de tenerse en cuenta que todas las dictaduras militares –la de 1943 es una excepción-, así como las proscripciones y fraudes electorales, pusieron en marcha programas liberales. La ética liberal juzga más dictatoriales a Yrigoyen, Perón o Kirchner, que a Uriburu, Onganía, o Videla.

Domingo F. Sarmiento

Por ello la elección de Mauricio Macri como jefe del Ejecutivo es un acontecimiento histórico sin precedentes. Por primera vez el liberalismo llega al poder a través de elecciones legítimas, y salió a la luz cuán a la derecha se encontró siempre una buena parte de la sociedad argentina. Las Fuerzas Armadas fueron, más allá de su responsabilidad, el chivo expiatorio que sirvió para ocultar ese hecho. Que hoy se hable de la dictadura “cívico-militar” nos muestra más advertidos.

Este es un conflicto que habrá de prolongarse hasta que una de las dos concepciones prevalezca. El problema es cómo concebir esa prevalencia, de manera que no ponga en riesgo el estado de derecho.

Hablar de la “grieta” es una simplificación. Pero esta es la reflexión de un psicoanalista, no la de un historiador. Ciertamente me baso más en el mito que en datos con mayor respaldo epistémico. Hannah Arendt reconoce, sin embargo, que los mitos desempeñan un papel poderoso en la elaboración de la historia. Así, las narrativas persisten en una época convencida de que los grandes relatos son cosa del pasado. Para bien o para mal, se trate de uno o del otro, son ellos, estos relatos, los que constituyen nuestra herencia, pesada o no.

Acaso la herencia podría resumirse en dos legados literarios que son el Facundo de Domingo F. Sarmiento, y el Martín Fierro de José Hernández. Pero allende esta referencia literaria, las bases del antagonismo las hallamos en el duelo epistolar entre Sarmiento y Alberdi, que tuvo lugar en 1852. Ambos eran liberales y republicanos, pero sostenían dos concepciones opuestas del progreso, en las que la manera de entender el futuro está marcada por la posición de cada uno con respecto a la herencia cultural recibida. Sarmiento concibió necesario un divorcio radical respecto de lo que habíamos sido. Romper con la cultura “bárbara” de la Argentina rural y sus raíces hispánicas. Soñó un corte con el pasado para el que era imprescindible incorporar nueva sangre y terminar con el gaucho. En síntesis, importar las instituciones propias de naciones civilizadas.

José de San Martín

Juan B. Alberdi tenía una actitud diferente respecto de la herencia. Sabía que no éramos europeos, y que si bien aspiraba a superar lo que habíamos sido, no lo desconocía ni pretendía un “borrón y cuenta nueva”. Sostenía en este punto un pensamiento similar al del General San Martín, quien pensaba que a los pueblos no hay que darles las mejores leyes, sino las mejores entre aquellas que se acomodasen a su carácter. Una institución puede ser excelente, pero es necesario tener en cuenta las particularidades de las personas a las que ella será destinada si se quiere que funcione.

No es casual que sea el gobierno actual quien consagró la expresión “pesada herencia”, porque es desde la concepción liberal que la herencia es un problema que debería superarse. La objeción a esto no es la de que no se deba, sino la de que no se puede. Ello no debe impedir tratar de ser mejores de lo que hemos sido. Pero a donde vayamos, no podremos ir sin tener en cuenta de dónde venimos. Por eso no se trata ya de quejarse sobre el peso de la herencia –que en efecto pesa mucho cuando no se sabe qué hacer con ella-, sino de pesar la herencia. Y eso significa ponerla en la balanza, ver qué es lo que de ella está vivo y qué lo que está muerto. Qué debemos dejar en el museo y qué debemos llevar con nosotros. Sólo podremos ir más allá de su influencia cuando aceptemos que no podemos hacerlo sin habernos servido de ella.

Marcelo Barros | Psicoanalista