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Pesar la herencia | Marcelo Barros | Psicoanalista
LA ÉPOCA
Sade con Coca
por Marcelo Barros

Tras el fallecimiento de la Sra. Isabel Sarli, llamó mi atención no encontrar en los medios progresistas una crítica encendida contra quien fue el ícono por excelencia de la mujer-objeto, no solamente por la exhibición de la desnuda belleza de su cuerpo, sino por interpretar a la mujer ultrajada. No es que esas críticas hayan faltado, pero no se hicieron escuchar como de costumbre, por ejemplo, en el diario feminista Página 12. No era para nada necesario criticar a la mujer,  sino a un tipo de cine que excitaba el erotismo sadiano de la masculinidad “tradicional”.

Ese relativo apaciguamiento de la inquisición neopuritana que anima nuestro tiempo, no se debe únicamente a la popularidad de la Diva. Ella no sólo fue el ícono del erotismo kitsch, sino que fue durante décadas, el símbolo por excelencia de la censura conservadora de los militares y la Iglesia. Si hoy las feministas guardaron algo de su munición, es acaso por no mostrar de manera tan explícita la poca distancia que las separa de esa moralina. La única diferencia reside en que los puritanos de la derecha la veían como prostituta despreciable, mientras que el feminismo la nombra como una víctima del patriarcado que merece compasión.


El odio, por cierto, es el mismo en ambos casos. Contra lo que muchos creen, el horror no viene de la doble moral, sino de esos lugares donde no es posible la doble moral.

La más cruel y degradante historia protagonizada por la Sra. Sarli no alcanza ni de lejos la perversidad del erotismo teratológico del Marqués de Sade. Acaso Justine sea el personaje más comparable con las víctimas que se encarnaron en la piel de la Diva. El autor de la historia fue perseguido en su tiempo. No es difícil imaginar qué haría el Santo Oficio Progresista con el Marqués de Sade en la actualidad: lo mismo que se le hizo antes, pero con otros métodos. 

Marcelo Barros | Psicoanalista