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Domicilio conyugal | Marcelo Barros | Psicoanalista
POÉTICA
Domicilio conyugal
por Marcelo Barros

A veces me despierto y oigo el ruido de la llave en la puerta, pero no es la llave que abre sino la que cierra. La que anuncia la salida, no la que dice que ella acaba de llegar. Puedo ser yo también quien se ha ido prematuramente, y entonces ella se pasa de mi lado de la cama para dejarse abrigar por el cálido hueco de mi ausencia. Es muy raro que podamos concretar una cita durante el sueño, aunque a menudo lo intentamos. Invariablemente soñamos en direcciones diferentes, y si yo la busco entre las ruinas da la Atlántida ella está metida en un simulador espacial (le encanta flotar). Ayer, mientras escribía, la escuché cantar en la cocina; cuando fui a abrazarla no la encontré. El agua corría en la ducha. Cuando abro la página del correo siempre está su casilla abierta. No hay nada de ella ahí. Sus secretos están tan a la vista que sería inútil descifrarlos. No es que yo me obstine en borrar mis huellas sino que las muy desgraciadas se borran solas. Cuando escucho sus pasos inconfundibles caminando por el pasillo voy a su encuentro y me doy cuenta entonces que el sonido era de los pasos de ayer, y que de cruzarla en el pasillo yo lo estaría haciendo mañana. ¿Será mi mala costumbre de adelantarme, o es que en verdad llego muy tarde? Nunca sé si el futuro es un retraso o una anticipación. Me pierdo en esas cosas. Hoy casi la atrapo en la conversación. Ella me decía algo acerca de los surrealistas, pero desapareció antes de terminar la frase. Las palabras quedaron flotando como un eco menguante, como un perfume, como ella. Soy demasiado macizo para hacer eso y no puedo desaparecer sin dividirme. Mi cuerpo queda, y el alma se va siempre hacia parajes remotos. Ella se enoja mucho con eso porque piensa que me voy a algún lugar maravilloso sin llevarla conmigo.

Cuando ha pasado mucho tiempo sin tener del otro más que el humo del cigarro o el sonido de la maquinita de depilar, somos ganados por la exasperación. Empezamos a buscarnos obstinadamente. Con buena voluntad, y con el conocimiento de los hábitos del otro. Siempre fracasamos. No sirven de mucho las buenas intenciones y el saber lo que el otro va a hacer, si lo que uno quiere es encontrarse. Rondamos por toda la casa buscándonos. No es que la casa sea tan grande. El corazón tampoco. Y además el mío funciona de manera errática. Y como ella se orienta por los latidos de mi corazón, resulta bastante desorientada porque cada vez que se acerca los golpecitos se hacen más irregulares, espaciados, y encima débiles, casi como si no los hubiera. Nos buscamos y nos llamamos. Incluso escuchamos nuestras voces, pero cada una puede ser la del mes pasado o la de la semana que viene. Moverse en tiempos diferentes es también moverse en casas diferentes, y por eso nunca habitamos el mismo cuarto. Ninguno de los dos, en realidad, guardó los planos de la casa, si es que alguna vez los hubo. Por eso vienen después la impaciencia y las corridas, los tonos crecientes, los reproches. Enseguida nos calmamos y nos decimos “así no va, un poco de cordura, a ver, vamos de nuevo”. Y no hay caso.

Cuando ocurre, ocurre. No sabemos jamás cuándo ni dónde ocurrió. De pronto nos encontramos haciendo el amor. Lo hacemos como si cada uno de los dos tuviera que partir al exilio. Entonces la casa tiembla, y hasta a veces nos asustamos creyendo que todo se va a derrumbar y que el techo nos caerá encima. Esos momentos son un portal que se abre. Nunca se abre en el mismo lugar ni en la misma fecha o la misma hora. Nunca podemos anticipar cuándo eso va a pasar. Ocurre una vez, y enseguida se cierra. Las coincidencias no existen, dicen. Es verdad que no existen. Rara vez existen. Y cuando existen, nos hacen existir.

Marcelo Barros | Psicoanalista