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El exilio | Marcelo Barros | Psicoanalista
POÉTICA
El exilio
por Marcelo Barros
El exilio

"…y ese día nos bombardearon todo el día. Una prueba de nervios, como si estuvieses atado a una silla y un tipo te amagase a pegarte en la cabeza con un martillo. Pero no nos pegaba, aunque sabíamos desde nuestro agujero que a alguien le pegaba. Durante ese tiempo yo me esforzaba en ver las cosas con "distancia" y pensaba boludeces como "esto es la guerra, sobre esto escribió Homero" y otras gansadas por el estilo. Después de todo ese lugar era el mejor para pensar gansadas. Estuvimos así hasta que escuché el sonido del Harrier y del proyectil demasiado cerca, que se nos venía encima. Y resultó que el impacto hizo un ruido estúpido, ridículo, te juro, un ¡Pum! enfático, como una onomatopeya prolija del diccionario. Parecía que nos atacaba la Real Academia Española. Yo salí. Quise ver, porque todavía no era de noche. El viento helado me cortó la cara. A menos de cincuenta metros la batería destrozada agonizaba como un insecto retorcido con las patas para arriba. Había algunos bultos borrosos tirados en el suelo. Uno se movía arrastrándose como un escarabajo entre el humo y el barro. Se impulsaba con los brazos. Me quedé paralizado mirando cómo venía de frente, moviéndose de una manera que tenía algo de mecánico y siniestro. Le faltaban las piernas. Me pareció irreal, uno de los personajes de esa película horrenda de Tod Browning, Freaks -¿te acordás?- . Avanzaba con la cara rígida, deforme, la boca abierta como esas máscaras de teatro. Parecía que iba a gritar, pero no. Se movía en silencio como el humo que le salía del cuerpo. Ojalá hubiese gritado, porque todavía hoy no puedo dejar de escucharlo. No sé qué me pasó. No me moví. Pensé cosas absurdas, como sentir culpa de correr hacia él que no tenía piernas. Pronto no se movió más, y pasó a ser un soldado desconocido. Como todos los soldados. El sol se ponía y los ingleses venían. Yo me decía que iba a morir ahí, pero en realidad estaba seguro de que no iba a morir ahí, en Ganso verde. Qué nombre para una batalla. ¿Sentirá lo mismo un inglés cuando dice Goose green?(*) Por fin llegaron y empezó la fiestita. La excitación que experimenté no te la puedo describir. Y si pudiera, seguramente sería mejor no hacerlo. No sé si llegué a bajar a alguno. Cuando me hirieron fue raro porque sentí que me habían disparado en la espalda. Un golpe seco en el medio de la espalda es lo que sentí con claridad. Pero me habían herido por delante. No supe que tenía el pulmón atravesado hasta que me lo dijeron después, y eso que llegué caminando –con la ayuda de Ortiz- a la retaguardia y el dispensario. Ahí se me vino el dolor encima, la fatiga, y un principio de sueño. La guerra se terminó en ese punto para mí.
Lo jodido vino después, cuando volví. Es un modo de decir, "volví". Todavía hoy sueño con el freak que no termina nunca de soltar el grito, y eso que pasaron cuatro años. La cara del tipo. Algo de eso me dejó mal. Sos el único a quien se lo he contado. A mí nunca se me ocurrió suicidarme. No estuve tan mal. He tenido mucho apoyo. Pero no me sorprende que haya algunos de los que estuvieron que se suicidaron después, o que quedaron medio chapa. Algo de uno no vuelve de allí. Yo no encontraba mi lugar y me sentía separado de los demás. Quizás era soberbia, pero yo te diría que es más bien como una mierda que se te pega en la suela y te sigue a todos lados y te deja con olor a mierda. Porque no todo es sangre en la guerra. Nunca se habla de la mierda de los que mueren, de cómo se cagan encima; eso no te lo pasan en las películas. Cuando vos estabas en la facultad me contabas entusiasmado la primera vez que leíste Tótem y tabú, y me decías que existía la costumbre de aislar por un tiempo al tipo que volvía de la guerra. El hombre moderno es increíblemente pelotudo, porque piensa que puede enterrar a su padre y seguir laburando como si tal cosa. Yo tenía que volver a mi vida, pero para mí ahí empezó el exilio. Hubiese sido mejor que me nombrasen como exiliado, que me declarasen tabú. Pero no, había que volver a la Gran Costumbre, y ese cambio de escenario se me hizo insoportable. Me había vuelto un freak, un fenómeno de circo, pero encima uno al que nadie quiere ver y mucho menos pagar una entrada. La cara de aquél tipo era la otra cara de la medalla. De todas las medallas. Y siento que no hay poronga que me venga bien, porque no soporto escuchar hablar de la guerra y tampoco soporto que no se hable de ella. Me acuerdo de la noche del 31 de diciembre de ese año. El festejo, el brindis, los abrazos. La pirotecnia… me dan ganas de reírme. Ahora. Adolfito tirando fuegos artificiales con los chicos en la noche. No me molestaba el ruido ni los fogonazos. No es que eso me asustara o me recordase la violencia de la guerra. Es que después de aquella batalla en la noche, después de aquella orgía, todo eso me parecía un simulacro trucho. Era tomar un vino barato después de haber apurado el Cáliz. Todo me parecía un simulacro trucho. Nunca me siento tan solo como en los festejos. Lo mismo me pasa con el insomnio. Todos los demás duermen y uno es el único infeliz que está despierto. Y yo sigo despierto, sin poder dejar de ver al tipo de la máscara de teatro –que no es ni la de la comedia ni la de la tragedia-. Espero ese grito que nunca llega, que no termina de salir de ese agujero abominable. No encuentro un nombre para eso, para esa cosa, esa mitad de hombre insensatamente viva. Ese cacho de vida me jodió mucho más que todos los muertos que he visto. No sé dónde me tocó eso. Escribirlo ahora me alivia un poco. Tal vez, cuando se pueda, debería volver allí. Rezar, decir un poema en voz alta. Acaso escribirlo. O pintar ese grito, aunque Munch ya lo haya hecho. Pero el mío es otro grito."

Hubo un tiempo en que la intimidad se vestía de tinta y de papel, y permanecía sola, solitaria, en un envoltorio cerrado. Conservo todavía algunas de esas reliquias, que son reliquias aunque no sean tan antiguas. Entre ellas está la que acabo de reproducir en uno de sus párrafos. La escribió un amigo de quien no daré el nombre, y que me autorizó a transcribir parte de su carta. Heidegger nos recordará siempre que sólo puede ser solitario aquél que no está solo. Una verdad elemental a veces salteada por la ignorancia erudita de quienes se complacen en la exaltación del desacuerdo y del fracaso. Sólo hay desencuentro si no estamos solos, y las diversas declinaciones de la soledad se inscriben en nuestra condición permanente que es la de estar inmersos en la palabra. Como todo hecho de discurso, la soledad se declina de muchas formas. Habiendo recibido la invitación a escribir sobre este tema, me decidí a dar a conocer este breve testimonio de quien intenta volver del desierto de lo real, de su desconsolada vigilia. Pienso que más allá de la experiencia de la guerra, ese exilio al que se refiere mi amigo afecta a todo destino humano confrontado con lo indecible de esas "penas extraordinarias" que sólo "con el cantar se consuelan". Entiendo en ese "cantar" la inclusión de todas las artes. Un esfuerzo de poesía es el mensaje que se arroja al mar encerrado en una botella. Así considero este relato, porque su objetivo es transportar hacia el Otro lo que permanece en la soledad más radical. Ese transporte es la metáfora misma. Que ese esfuerzo "falle" siempre su intento es la condición misma de su logro. Eso es lo que lo convierte en un acto de fe.

* Goose green, aquí erróneamente interpretado como "Ganso verde", significa "Pradera del ganso".

Marcelo Barros | Psicoanalista